
– Fue idea mía -le recordó Dudley.
– Es verdad, pero el dinero ha salido de mi bolsillo. He gastado bastante más de lo que esperaba en convertir el Royal Mermaid en el hermoso barco que es ahora. Pero ha valido la pena hasta el último penique. -El comodoro se quedó callado un instante-. Por lo menos eso espero.
Dudley Loomis se mordió la lengua. Todo el mundo había advertido al comodoro que sería mejor construir un barco nuevo en lugar de malgastar una fortuna en aquella vieja bañera, pero había que admitir que al final el Royal Mermaid había quedado muy bien, se dijo Dudley. Había sido director de crucero en barcos gigantescos en los que había tenido que ocuparse de varios miles de invitados, muchos de los cuales le resultaban extremadamente irritantes. Ahora solo tendría que tratar con cuatrocientos pasajeros, y la inmensa mayoría de ellos seguramente se contentarían con sentarse a leer en cubierta, en lugar de exigir que los estuvieran entreteniendo sin parar las veinticuatro horas del día.
A Dudley se le había ocurrido la idea del Crucero de Santa Claus cuando apenas se habían hecho reservas para la travesía en el Royal Mermaid. ÉI era un relaciones públicas de la cabeza a las suelas de goma de sus zapatos náuticos.
– Deberíamos ofrecer un crucero gratis después de Navidad, para familiarizamos con el barco antes de que suban a bordo pasajeros de pago o críticos -había sugerido a su jefe-. Se puede regalar el pasaje a organizaciones benéficas y a personas solidarias. Solo serán unos pocos días, y a la larga saldrá más que rentable con la publicidad que voy a conseguirle. Para cuando emprendamos el viaje inaugural oficial, el veinte de enero, no vamos a dar abasto, ya verá.
