
La limusina que Alvirah había pedido les esperaba nada más salir de la terminal.
– Tenemos tiempo de sobra para ir al barco -comentó-. ¿Qué os parece si almorzamos en el Joe's Stone Crab? Con que lleguemos al puerto a las tres estaremos a tiempo.
– Alvirah, el embarque empieza a la una -protestó Willy.
– Y dura hasta las cuatro. Que entren primero los más ansiosos, y así cuando lleguemos ya no habrá cola.
Todo iba exactamente según el plan, pensó Alvirah satisfecha mientras la limusina entraba en el muelle donde el Royal Mermaid acogía a los solidarios del año. Salieron del coche y mientras el chófer descargaba su equipaje se quedaron mirando el barco. De la proa colgaba una enorme corona de Navidad con las palabras SANTA CLAUS en el centro.
– Yo me esperaba un barco algo más grande -comentó Willy-. Pero supongo que pensaba en esos tras atlánticos gigantescos con sitio para miles de personas.
– A mí me parece encantador -se apresuró a opinar Nora.
– En el folleto ponía que el Royal Mermaid alberga a cuatrocientos pasajeros -informó Alvirah, haciendo un gesto desdeñoso con la mano-. Es más que suficiente.
Se les acercó un mozo de equipajes con un carro.
– Vayan directamente a la terminal, yo les llevo el equipaje.
Los tres hombres echaron mano a sus carteras.
– Yo me encargo -declaró Luke firmemente.
En la terminal había dos puestos de control.
– Espero que no me hagan quitarme las horquillas -murmuró Nora-. En el aeropuerto Kennedy, para ir a Londres, me obligaron y cuando subí al avión parecía Gravel Gerty.
Pero todo el grupo pasó sin incidencias hasta llegar a la zona de salidas, donde una hilera de empleados iban registrando a los invitados. Pronto se hizo evidente que la mayoría de los pasajeros ya habían embarcado, puesto que no había colas en ninguno de los mostradores. Tres hombres con blazers azules, pantalones blancos y gorras con cintas doradas acababan de subir por la pasarela de embarque. El de mayor edad se acercó a ellos nada más verlos.
