Los cuatro Reilly habían ido a casa de los padres de Jack, en Bedford, donde se habían reunido sus seis hermanos con sus familias.

– Aquí solo somos dos hijos únicos con una hija única -se maravilló Nora-. Fue mucho más divertido celebrar la Navidad en un grupo así. La familia de Jack es genial. Todos son muy simpáticos.

Jack sonrió alzando una ceja.

– Te aseguro que no son siempre así. ¿Y vosotros qué hicisteis Alvirah?

– Pasamos un día maravilloso -contestó ella con pasión-. Fuimos a la misa del Gallo en Nochebuena, luego dormimos hasta muy tarde y después fuimos a cenar a un restaurante buenísimo del Upper West Side con la hermana Cordelia. Es la única hermana de Willy que vive en la zona. La invitamos a ella y a otras cinco o seis monjas, además de algunas personas que la hermana Cordelia conoce y que no tienen mucha familia. Al final éramos treinta y ocho y lo pasamos muy bien.

– ¿Treinta y ocho? -exclamó Jack-. Pues ya erais más de los que tenía mi madre

– Bueno, si hubiera tenido que cocinar yo, otro gallo les habría cantado -bromeó Alvirah-. Teníamos una sala para nosotros solos y terminamos cantando villancicos.

– Y menos mal que teníamos la sala para nosotros -terció Willy-. El año que viene la hermana Cordelia quiere montar un karaoke.

Alvirah se inclinó hacia Regan.

– Qué collar más bonito -se admiró-. Seguro que es un regalo de Navidad de Jack.

– Alvirah, cuando quieras un trabajo en mi oficina, ya sabes que es tuyo. -Jack sonrió-. El collar es en realidad un escudo en miniatura de los Reilly.

– Con diamantes y cadena de oro -dijo Alvirah-. Me encanta.

– Para una Reilly Reilly todo es poco -declaró Jack.


Cuando llegaron a Miami hacía un sol espléndido y el aire era cálido.

– ¡Aleluya! -exclamó Luke al salir del avión-. Esto es genial. Estos últimos días creí que iba a convertirme en un carámbano.



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