Dudley no añadió que había perdido el nombre y la dirección de esa ganadora (que había asistido a la subasta de su amigo Cal Sweeney), y que luego casi se desmayó al averiguar que Alvirah Meehan no solo era una celebridad sino también columnista.

– Espléndido, Dudley, espléndido. ¡A mí tampoco me importaría ganar la lotería! De hecho, puede que necesite…

– Buenos días, tío Randolph.

No habían oído a Eric, el sobrino del comodoro, acercarse por detrás.

«Siempre tan sigiloso -pensó Dudley, volviéndose para saludarle-. Podría ganarse perfectamente la vida de atracador.»

– Buenos días, muchacho -saludó calurosamente el comodoro, con una sonrisa radiante.

La cariñosa sonrisa de Eric Manchester era una expresión que reservaba para el comodoro y otra gente importante, observó Dudley. A sus treinta y dos años, con su bronceado perfecto, el pelo aclarado por el sol y su cuerpo musculoso, resultaba evidente que Eric dividía su tiempo entre la playa y el gimnasio. Vestía una camisa de flores de Tommy Bahama, unos pantalones cortos color caqui y zapatos Docksiders. Dudley se ponía enfermo solo con verlo. Sabía que cuando subieran a bordo los pasajeros, Eric iría ataviado como oficial de la nave, aunque solo Dios sabía qué cargo ostentaría supuestamente.

«¿Por qué no nacería yo guapo Y con un tío rico?», fantaseó Dudley.

– Vaya la ciudad, tío. -Eric se dirigió al comodoro ignorando por completo a Dudley-. ¿Necesitas algo?

– Bueno, les dejo que hablen -dijo Dudley, ansioso por alejarse de aquella farsa.

Era insufrible ver a Eric fingir ser de alguna utilidad para el comodoro, el Royal Mermaid o el inminente crucero de Santa Claus. Eric se había incluido en la plantilla en cuanto su tío compró el barco.



4 из 162