Weed sonrió al hijo de su hermana.

– No necesito nada que no tenga ya. ¿Te lo pasaste bien en la fiesta a la que asististe anoche?

Eric pensó en el fajo de billetes que le habían dado en la fiesta, un adelanto de lo que convertiría el crucero en un arriesgado y peligroso viaje, amén de provechoso para él.

– Me lo pasé estupendamente, tío Randolph -contestó-. Estuve presumiendo con todo el mundo de nuestro crucero de Santa Claus y lo generoso que eres al recaudar fondos benéficos. Todos estaban deseando venirse con nosotros.

El comodoro le dio una palmada en la espalda.

– Buen trabajo, Eric. Que la gente se interese por nosotros. A ver si los convences para que se apunten a uno de nuestros viajes.

«Ya lo he hecho -pensó Eric-, pero tú no te vas a enterar.»

Se estremeció ligeramente, pero no pudo evitar sonreír ante la ironía.

Los invitados de Eric serían los dos únicos pasajeros de pago del crucero de Santa Claus.

2

Viernes, 23 de diciembre


A las siete de la tarde del 23 de diciembre caía una suave nevada sobre Nueva York. La gente recorría las calles de Manhattan haciendo las compras de última hora o en dirección a alguna fiesta. En la festiva sala Grill del restaurante Four Seasons, en la calle Cincuenta y dos, al lado de Park Avenue, brindaban con vino Alvirah y Willy Meehan, ganadores de la lotería, y sus buenos amigos: la escritora de suspense Nora Regan Reilly y su esposo Luke, director de una funeraria. Esperaban la llegada de la única hija de Nora y Luke, Regan, y su reciente marido, Jack, que también por casualidad se apellidaba Reilly.

Las dos parejas se habían conocido exactamente dos años antes, cuando a Luke lo secuestró el descontento heredero de uno de sus clientes fallecidos. Alvirah era una mujer de la limpieza que había ganado cuarenta millones de dólares en la lotería y se había convertido en detective aficionada. Se presentó a Regan y la ayudó en su frenética investigación para salvar a Luke. Durante aquel proceso Regan conoció a Jack, que era jefe de la Brigada Especial de Policía de Manhattan, y se enamoraron. Como Luke observó irónicamente: «No hay mal que por bien no venga».



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