
importante-, nacida en una casa auténtica -una casa «con tejado y paredes», describía yo entonces-, era apenas un bebé cuando su niñera la sacaba a pasear en su cochecito e, inexplicablemente, la perdía en un parque. Cuando la caravana de un circo que abandonaba la ciudad pasaba a su lado, una joven gitana se apiadaba del bebé perdido y lo recogía para criarlo junto al resto de sus hijos. Pasaban los años y la niña criada en el circo crecía sin sospechar su verdadero origen, hasta que, diez o doce años después, de vuelta a la misma ciudad, se perdía ella sola, tan inexplicablemente como antes la perdiera su niñera, en el mismo parque de entonces, para que una señora muy buena, muy rica y muy compasiva -que, por supuesto, era su verdadera madre- se apiadara de ella por segunda vez y la llevara a su casa, adoptándola como una hija más. Desde ese momento, la protagonista de mi cuento vivía sometida al tormento de escuchar que no era hija de su madre porque la habían recogido por caridad de unos gitanos, y por eso sus hermanos la despreciaban, y hasta los criados se burlaban de ella. Pero el verdadero amor puede abrir los párpados que el tiempo ha soldado, y así, una mañana, mirándola con ojos de cariño auténtico, la madre comprendía que la niña gitana no podía ser sino su propia hija, perdida con tanto dolor, tantos años antes, y recobrada ahora sin advertirlo siquiera. Tal descubrimiento precipitaba la historia en un final tan feliz como abrupto. La protagonista se despedía del lector dando cortes de manga a diestro y siniestro, en dirección a cada uno de los habitantes de su casa. Los inocentes recodos de esta historia de ida y vuelta encierran el sentido de mi propio viaje hacia la escritura.
