
quisiera-, pero apenas he acabado una docena de cuentos en todos estos años.
Este libro reúne siete de ellos, escritos con diversos propósitos entre 1989 y 1995, aproximadamente el mismo periodo de tiempo que he necesitado para comprender que soy novelista. De hecho, la extensión de dos de los relatos que aquí aparecen -«Los ojos rotos» y «La buena hija», es decir, el primero y el último- los convierte casi en novelas cortas, y advertiré enseguida que el orden establecido en esta edición es estrictamente cronológico para que nadie identifique el número de páginas con un pecado de juventud. Lo cierto es que me gusta mucho empezar a escribir cuentos, pero cuando estoy empezando a disfrutar de verdad, me doy cuenta de que mi trabajo excede ya, en cinco o seis folios, el límite requerido, y siempre los termino con cierta tristeza, como una inconcreta nostalgia por los días que ya no podré seguir viviendo en ellos. Después, sin embargo, recuerdo algunos con el cariño suficiente como para haber pensado muchas veces reunirlos en un libro, que por fin es éste.
