Entre todas las imágenes que guardo de mi infancia, ninguna me conmueve tanto como la aplicación de esa niña muy gorda y muy morena, demasiado morena -nueve, diez, once años vividos bajo el gratuito terror de haber sido efectivamente recogida por caridad de unos gitanos-, mientras se afana en silencio sobre una gran mesa de comedor, quieta y sola en la tarea de ajustar cuentas con el mundo. Lo primero que escribí fue un cuento, y la pasión -entre el miedo y la duda, la justicia y el amor- me llevó la mano. Porque yo no quería ser la primera de la clase, no pretendía la admiración de mis familiares, no buscaba elogios, ni ventajas, ni recompensas. Yo sólo aspiraba a ser la verdadera hija de mi madre, a dormir tranquila por las noches, a enderezar el mundo, y mi destino con él, de una buena vez y para siempre. Desde entonces, escribo para vivir, y la pasión sigue llevándome la mano -con frecuencia, hasta más de lo que yo

quisiera-, pero apenas he acabado una docena de cuentos en todos estos años.

Este libro reúne siete de ellos, escritos con diversos propósitos entre 1989 y 1995, aproximadamente el mismo periodo de tiempo que he necesitado para comprender que soy novelista. De hecho, la extensión de dos de los relatos que aquí aparecen -«Los ojos rotos» y «La buena hija», es decir, el primero y el último- los convierte casi en novelas cortas, y advertiré enseguida que el orden establecido en esta edición es estrictamente cronológico para que nadie identifique el número de páginas con un pecado de juventud. Lo cierto es que me gusta mucho empezar a escribir cuentos, pero cuando estoy empezando a disfrutar de verdad, me doy cuenta de que mi trabajo excede ya, en cinco o seis folios, el límite requerido, y siempre los termino con cierta tristeza, como una inconcreta nostalgia por los días que ya no podré seguir viviendo en ellos. Después, sin embargo, recuerdo algunos con el cariño suficiente como para haber pensado muchas veces reunirlos en un libro, que por fin es éste.



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