
El motivo que me indujo a escoger este último no va más allá del carácter genérico, y aun más, tipológico, de una expresión que construí, en principio, como un simple juego de palabras. Pero como en el mundo literario prevalece un principio de discriminación sexual que obliga a las escritoras a pronunciarse a cada paso acerca del género de los personajes de sus libros, mientras que los escritores se ven privilegiada y envidiablemente libres de hacerlo, me gustaría aclarar, de una vez por todas, que -al igual que no reconozco un literatura de autores madrileños, una literatura de autores altos o una literatura de autores con el pelo negro, categorías que, de momento, nunca me han amenazado, a pesar de que una madrileña alta y morena puede llegar a tener una visión del mundo muy distinta a la que se haya construido, por ejemplo, una sevillana bajita y rubia- creo que no existe en absoluto ninguna clase de literatura femenina, y, precisamente por eso, todas las protagonistas de estos cuentos son mujeres.
Si me parece intolerable la tendencia de una buena parte de las mujeres que escriben a instalarse en una especie de menoridad pretendidamente congénita -géneros menores, argumentos menores, personajes de rango menor, ambiciones menores-, mucho más desolador resulta comprobar cómo, de un tiempo a esta parte, cuando cierto tipo de escritoras se propone hacer «gran literatura de todos los tiempos» -el entrecomillado pretende sugerir lo estúpido de tal propósito formulado a priori-, escogen sistemáticamente un protagonista masculino, como si el género del personaje pudiera determinar la universalidad de la obra cuando la autora es una mujer, o como si escribir desde un punto de vista femenino fuera sospechoso de por sí.
