
En mi opinión, este tipo de actitudes son las que justifican la división de la literatura en dos géneros que, lamentablemente, no son el masculino y el femenino -lo que, en definitiva, vendría a resultar una tontería inofensiva-, sino la literatura, a secas, y la literatura femenina. Yo, desde luego, creo que las comillas sólo pueden colocarlas los lectores, y procuro escribir desde mi memoria, que contempla mi género tanto como mis terrores infantiles, la aversión que me inspiran las coles de Bruselas y una incontrolable multitud de cosas más. Y apenas consigo perdonarme la dosis de pusilanimidad que encierra mi segunda novela -en la que escogí deliberadamente un punto de vista masculino sólo para demostrar que mi vocación literaria era firme-, cuando recuerdo el monstruoso esfuerzo que me exigió escribirla. Estoy segura de que la próxima vez que elija escribir desde la voz de un hombre tendré mejores motivos para hacerlo.
Quizá pase mucho tiempo antes de que publique otro libro de cuentos. Este salda mi deuda con una niña enferma de identidad que ya no está sola mientras se aplica afanosamente sobre una gran mesa de comedor, sin sospechar siquiera que jamás terminará de arreglar cuentas con el mundo.
Los ojos rotos (Historia de aparecidos)
– ¡Vamos, Miguela, deja ya ese espejo de una vez, que hoy tengo mucha ropa que planchar! ¿No quieres ayudarme a planchar las camisas?
– No irá…
– No te estoy hablando a ti, lista, que me tienes harta, que acabas de llegar y ya lo sabes todo, qué barbaridad…