Miró su reloj de nuevo. ¿Dónde estaba todo el mundo? Copper odiaba esperar a que las cosas sucedieran; le gustaba hacerlas realidad ella misma. Contrariada, se sentó en un escalón, consciente del imponente silencio que la rodeaba, apenas roto por el lastimero chillido de un cuervo allá abajo, en el arroyo. Odiaría tener que vivir en un lugar tan silencioso.

Aquel lugar habría sido el preferido de Mal. Copper recordaba las veces que Mal le había hablado de las zonas despobladas del interior del país, de su silencio, de su quietud, de los vacíos horizontes sin fin. Le resultaba fácil imaginárselo allí, tranquilo y despreocupado, bajo aquel despiadado cielo azul.

Frunció el ceño. Le dolía no haber podido olvidar a Mal. El pertenecía al pasado, y ella era una chica a quien le gustaba el presente y mirar hacia el futuro. Había creído hacer un buen trabajo al vaciar su memoria de tantos recuerdos, por muy románticos que hubieran sido; pero el largo trayecto a través de aquellas soledades del interior había dado al traste con aquellos esfuerzos. La imagen, el recuerdo de Mal había escapado libre como un genio de su lámpara mágica, y a esas alturas le resultaba imposible ignorarlo.

Copper, que nunca había creído en el amor a primera vista, se había enamorado de Mal casi de inmediato. En el momento en que sus miradas se encontraron, comprendí que su vida había cambiado para siempre. Sonaba casi cursi…

Lo recordaba bien. Se encontraba rodeada de una multitud, como era habitual en ella, cuando distinguió a un hombre que se mantenía al margen, solitario. Parecía emanar una especie de tranquila seguridad en sí mismo que lo separaba de los demás que estaban en la playa. Y cuando levantó los ojos y sus miradas se encontraron, tuvo la inequívoca sensación de que todas las canciones de amor del mundo habían sido especialmente compuestas para ella…



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