
Copper suspiró. Tres cálidas noches en Turquía; en eso había consistido todo. Tres noches, al otro lado del mundo, hacía más de siete años. Era lógico que a esas alturas hubiera olvidado todo aquello… sólo que Mal no era el tipo de hombre que cualquiera pudiera olvidar con facilidad.
– Hola.
Sobresaltada al escuchar aquella voz, se volvió con rapidez para descubrir a una niña pequeña que la estaba mirando fijamente. Había aparecido detrás de un ángulo de la veranda, sorprendiéndola. Era una niña preciosa, pensó Copper. o al menos lo habría sido si no presentara un aspecto tan desarreglado. Su cabello era una masa de rizos oscuros, y en sus enormes ojos azules brillaba una mirada obstinada, terca. Llevaba un peto sucio, desastrado, y tenía la carita sucia de polvo.
– ¡Me has asustado!
– ¿Como te llamas? -le preguntó la pequeña, sin dejar de mirarla.
– Copper.
– ¡Copper no es un nombre de verdad! -exclamó la niña, con un brillo de sorpresa en los ojos.
– Bueno, no -admitió-. Es un apodo… así es como me llaman mis amigos -al ver que la cría no parecía muy convencida, se apresuró a añadir -¿Y tú cómo te llamas?
– Megan. Y tengo cuatro años y medio.
– Pues yo tengo veintisiete y tres cuartos -repuso Copper.
Megan reflexionó sobre sus palabras y, aparentemente satisfecha, tomó asiento en el escalón al lado de Copper, que a su vez la miró llena de curiosidad. Su padre no le había dicho nada de ninguna niña. Ahora que lo recordaba mejor, había estado tan ensimismado relatándole las maravillas de aquella propiedad que poco había añadido acerca de la gente que vivía allí.
– ¿Tu madre está en casa? -le preguntó a Megan, esperando que la niña pudiera presentársela mientras esperaba a que apareciera Matthew Standish.
Megan la miró entonces como si fuera estúpida.
