
– Nada -respondió Copper. Consciente de que todavía se estaba agarrando al poste de la veranda, lo soltó precipitadamente-. Quiero decir, yo… yo esperaba encontrarme con un hombre mayor, eso es todo.
– Siento haberte decepcionado -repuso Mal con un tono en el que Copper creyó detectar cierta diversión-. Para ser sincero, yo tampoco esperaba encontrarme con alguien como tú.
Su expresión no había cambiado, y ni siquiera la sombra de una sonrisa había asomado a sus labios, pero de alguna manera Copper tuvo la sensación de que se estaba burlando de ella. Confundida, sin saber si sentirse dolida o aliviada de que Mal no la hubiera reconocido, levantó la barbilla.
– ¿Ah, sí? -exclamó casi de forma agresiva-. ¿Cómo era la persona que esperabas entonces?
Mal la observó de arriba a abajo con irritante detenimiento. Desde su ruborizado rostro, de tensa expresión detrás de sus gafas de sol, hasta su figura esbelta destacada por su elegante chaqueta de lino, sus piernas bronceadas y sus pies enfundados en sandalias de cuero, con las uñas pintadas de rojo.
– Digamos que esperaba a alguien de aspecto más… práctico -explicó al fin.
– Yo soy muy práctica -le espetó Copper, ardiendo de indignación bajo su escrutinio.
Mal no respondió nada, sino que mantuvo la mirada fija en las uñas pintadas de sus pies y la joven tuvo que dominar el impulso de esconderlos. Evidentemente, pensaba que ella era una chica de ciudad que no tenía idea alguna de cómo era la vida en el interior. Tal vez fuera una chica de ciudad, pero desde luego era una mujer muy práctica, una mujer de negocios, y ya había llegado la hora de que se comportara como tal, en lugar de seguir temblando como una colegiala. Que se hubiera encontrado con un hombre al que había conocido fugazmente hacía siete años constituía una sorpresa, una coincidencia, pero nada más.
