– Se llama Copper.

Un tenso silencio siguió a aquellas palabras. Copper pensó que, al menos, Mal debía de ser capaz de recordar su nombre. Llevaba gafas oscuras y un diferente corte de pelo, pero seguía llamándose igual.

– ¿Copper? -repitió Mal con tono inexpresivo, sin dejar de mirar a su hija.

– No es un nombre de verdad -explicó Megan-. Es un apodo.

En ese instante Mal miró a la joven, pero la expresión de sus ojos castaños resultaba inescrutable. ¿Realmente se había olvidado de ella? Cooper no pudo evitar sentir una punzada de resentimiento.

– Me llamo Caroline Copley -declaró, satisfecha de su tono de voz práctico, casi profesional; al menos había dejado de balbucear-. Esperaba encontrarme con Matthew Standish.

– Yo soy Matthew Standish -repuso Mal con tono tranquilo.

– ¿Tú? Pero… -se interrumpió, asombrada y azorada a la vez.

– ¿Pero qué? -Mal arqueó una ceja.

Copper se preguntó qué podía decirle. Difícilmente podía acusarlo de no conocer su propio nombre, y silo hacía tendría que recordarle que ya se conocían de antes. Copper tenía su orgullo, ¡y moriría antes que recordarle a un hombre que en cierta ocasión había hecho el amor con ella!

No recordaba haberle dicho su verdadero nombre, ni tampoco haberle preguntado por el suyo. Quizá él había llegado a decirle su apellido, pero si ése era el caso, no podía acordarse. Sólo recordaba el contacto firme y cálido de sus manos en su piel, y la extraña sensación de felicidad que la había asaltado cuando caminaba descalza por la arena de la playa, mientras se dirigía a su encuentro…

– ¿Pero qué? -preguntó de nuevo Mal, insistente.

No la recordaba. No lo atormentaban los recuerdos. El corazón no le latía acelerado ante el pensamiento de lo que una vez habían compartido. Simplemente seguía allí, tranquilo e impertérrito, esperando a que aquella forastera ruborizada contestara a su pregunta.



7 из 139