– Será mejor que nos marchemos -susurró madame Reynaud

Los médicos que acompañaban a Lemière nos observaban con ojos cansados, planos, sin esperanza. Era como ser, de alguna manera, el hombre invisible. Un muchacho alto y bien parecido le hablaba al oído a una muchacha morena y regordeta, de rostro inteligente. Otro sostenía un cuaderno de apuntes y miraba el techo. Detrás de éste había tres que permanecían silenciosos y ecuánimes, con las manos en los bolsillos; a la izquierda un chico rubio se entretenía mirándose la palma de una mano mientras con la otra sostenía un cigarrillo apagado. De espaldas al rubio, el hombre que había presentado a Lemière y que presumiblemente pertenecía a la administración de la clínica escuchaba, casi tocándose las narices, el parloteo de un tipo calvo y de abundante bigote que mantenía contra su pecho por lo menos cuatro enormes libracos de lomos cuarteados.

De entre todos, dos de ellos, los que estaban más apartados del grupo, casi pegados a la pared exterior del pasillo, me parecieron conocidos. Ambos llevaban colgados del cuello sendos estetoscopios.

– Pero debo ver a monsieur Vallejo -protesté en voz baja.

El sonido había desaparecido casi por completo. No supe si había hablado o pensado.

– Ahora no, sígame, se lo explicaré fuera.

Los ojos azules de madame Reynaud parecían agotados, es la blancura, pensé, esta luz artificial.

Me disponía a seguirla cuando capté, apenas una rajadura en el conjunto, una señal de alarma en los rostros de los médicos a quienes momentos antes creí reconocer. Sonreí en dirección a ellos, tal vez aguardando un ademán de su parte que confirmara mi suposición; la impasibilidad que demostraron sólo era comparable a la del resto del grupo.



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