Sin temor a equivocarme puedo decir que la sensación de humillación era mucho más fuerte en ambas amigas que en mí. La actitud del médico, pese a su malignidad, no me era desconocida.

Tosí un par de veces, evitando mirarlas, pues me di cuenta de que ellas lo preferían así, y ya estábamos a punto de reemprender la marcha cuando, sin transición, y antes de que tuviéramos tiempo de hacer nada, como una bola de nieve y luego como un alud, por el otro extremo del pasillo avanzó hacia nosotros un grupo compacto de personas vestidas de blanco.

Al llegar a donde estábamos un hombre de pelo revuelto y ojos húmedos se adelantó y cogió a madame Vallejo del brazo, exclamando:

– Ha venido el eminente doctor Lemière.

Sus palabras resonaron como dentro de una iglesia. La luz volvió a decrecer y se me pusieron los pelos de punta: el hombre sólo se había limitado a recitar su latiguillo.

Para acreditar la aseveración un hombrecito gordo en el centro del grupo sonrió a izquierda y derecha, levantó la mano imponiendo silencio y luego la estiró, con dificultad, hasta encontrar la mano enguantada de madame Vallejo.

– Encantado. Acabo de visitar a su esposo. ¡Todos los órganos son nuevos! No veo qué pueda tener en mal estado este hombre. ¿Me permite?

Madame Vallejo siguió al doctor Lemière, sujeta por el codo, hasta el fondo del corredor donde una puerta disfrazaba la naturaleza discoidal del pasillo. Sus figuras, vistas desde mi posición, resultaban empequeñecidas, infantiles. La cabeza blanca del doctor Lemière, que hacía juego con la puerta batiente que le servía de pantalla, ejecutó movimientos cortos y bruscos, afirmando, negando, interrogando; la cabeza de madame Vallejo sólo se movió una vez, en un breve giro que vanamente nos buscaba, como para decirnos adiós.



14 из 107