– El doctor Lemière es un médico famoso, al menos eso es lo que me dijo ayer madame Vallejo. Parecerá una coincidencia, pero precisamente ayer madame Vallejo me confió que era muy difícil, por no decir imposible, contar con que el mejor médico de la Clínica Arago se interesara por su esposo. Presumo que alguien ha recomendado a monsieur Vallejo y finalmente Lemière se ha decidido a tratarlo pese a ser una persona completamente ocupada. No deja de ser extraño, ¿no cree? Para madame Vallejo ha sido la mejor noticia que le podían dar. Comprenderá usted que nuestra presencia, entonces, era inoportuna.

– Quiere usted decir que Lemière no toleraría mi presencia en la habitación de su paciente -protesté-. El médico y el curandero son incompatibles.

– No he dicho eso, monsieur Pain, además usted no es un curandero.

– He sido tratado como tal, ¿ya lo ha olvidado?

– ¿El incidente con Lejard? ¿Está usted enojado por eso?

– No…

– Entonces no ponga esa cara. Y tenga cuidado dónde pisa, ha metido el pie en un charco.

En realidad, yo estaba feliz. La lluvia, la noche, las reconvenciones de madame Reynaud, la felicidad llega con las cosas más sencillas.

– ¿Y el doctor Lejard qué pinta en este asunto?

– Lejard sigue siendo el médico de cabecera de monsieur Vallejo. Digamos que Lemière, en el mejor de los casos, sólo estará a título de consejero, que ya es bastante.

– Por lo que he visto, Lejard no se lleva muy bien con madame Vallejo.

– Tampoco con monsieur Vallejo, según tengo entendido.



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