
– Por qué no cambiar de facultativo, entonces.
– Porque no depende de ellos, querido amigo. Le haré una confidencia: Lejard estuvo cuatro días sin visitar a Vallejo, ¿qué le parece?
– Una atrocidad.
– El problema es que los Vallejo no tienen dinero. Su ingreso en la clínica fue gestionado por un compatriota suyo, un tal monsieur García Calderón. Esta misma persona puso a disposición de Vallejo su propio médico, es decir el doctor Lejard.
– ¿Desde cuándo está internado?
– Ingresó el veinticuatro de marzo.
– Es curioso, creí reconocer a dos de los médicos del séquito de Lemière, pero no puede ser, aquellos con quienes los he confundido son extranjeros, españoles, según creo, y la verdad es que me cuesta imaginarlos como médicos o estudiantes de medicina. Más bien parecen aprendices de gángsters. Pero no inspiran el menor miedo -me apresuré a aclarar.
– ¿Cómo son?
– Delgados, morenos… No creo que conozcan la ciudad. Se divierten, aunque no me pregunte por qué sé que se divierten. La verdad es que no lo sé. Simplemente tengo la impresión de que se trata de dos juerguistas.
– Ignoro si algún médico español ha visto a monsieur Vallejo. Hay un médico peruano que viene a menudo. Monsieur Vallejo es peruano, ¿ya se lo había dicho?
A las diez en punto de la noche, después de despedirme de madame Reynaud en la boca de un metro, llegué al café Victor, en el Boulevard Saint Michel. Mi nombre estaba escrito en la libreta del maitre y en el acto fui guiado hasta uno de los reservados donde me esperaban los españoles. El restaurante, pese a una iluminación impecable y sin nada anormal, provocó en mí la sensación de acceder a un cine oscuro, la película ya empezada, precedido por el camarero, que en este caso se transmutaba en el acomodador que me conducía a mi asiento. El murciélago, pensé. El camino que une al hombre que sirve y al hombre que ve en la oscuridad.
