Nunca como entonces me sentí más orgulloso y más desdichado de ser escritor. Sobre Monsieur Pain poco más es lo que puedo decir. Casi todos los hechos narrados ocurrieron en la realidad: el hipo de Vallejo, el camión -tirado por caballos- que atropello a Curie, el último o uno de los últimos trabajos de éste estrechamente relacionado con algunos aspectos del mesmerismo, los médicos que atendieron tan mal a Vallejo. El mismo Pain es real. Georgette lo menciona en alguna página de sus recuerdos apasionados, rencorosos, inermes.

Monsieur Pain

PARÍS, 1938


El miércoles 6 de abril, al atardecer, cuando me disponía a abandonar mis habitaciones recibí un telegrama de mi joven amiga madame Reynaud solicitando mi presencia con carácter urgente para esa misma tarde en el café Bordeaux, sito en la rué Rivoli, no demasiado lejos de mi residencia y a una hora a la que aún, si me daba prisa, podía acudir con puntualidad.

El primer síntoma de la singularidad de la historia en la que acababa de embarcarme se presentó enseguida, al bajar las escaleras y cruzarme, a la altura del tercer piso, con dos hombres. Hablaban español, un idioma que no entiendo, y llevaban gabardinas oscuras y sombreros de ala ancha que, al estar ellos en un nivel inferior al mío, velaban sus rostros. Por la semipenumbra reinante de común en las escaleras y también debido a mi manera silenciosa de moverme no se dieron cuenta de mi presencia hasta quedar enfrentados, distantes tan sólo tres escalones; entonces dejaron de hablar y en lugar de apartarse para que pudiera seguir descendiendo (las escaleras son suficientemente anchas para dos personas, no para tres) se miraron entre sí durante unos instantes que me parecieron fijos en algo como un simulacro de eternidad (he de recalcar que yo estaba algunos escalones por encima) y después posaron, con extrema lentitud, sus ojos en mí.



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