
Policías, pensé, sólo ellos conservan esa forma de mirar, herencia de cazadores y de bosques umbríos; luego recordé que hablaban español, por lo tanto no podían ser policías, al menos no policías franceses. Pensé que se disponían a hablarme, el inevitable chapurreo de los extranjeros extraviados, pero en lugar de eso el que estaba frente a mí se echó a un lado, del peor modo imaginable, contra el hombro de su compañero, en una posición que seguramente incomodaría a ambos, y yo pude, tras un breve saludo que no fue correspondido, continuar el descenso. Por curiosidad, al llegar al primer descansillo me volví y los observé: seguían allí, juraría que en los mismos peldaños, apenas iluminados por una bombilla que colgaba del rellano superior y, de verdad sorprendente, en la misma posición que adoptaron para que pudiera pasar. Como si se hubiera detenido el tiempo, pensé. Al alcanzar la calle la lluvia hizo que olvidara este incidente.
Madame Reynaud estaba sentada en el fondo del restaurante, junto a la pared, la espalda como de costumbre muy erguida. Parecía impaciente aunque al divisarme su rostro se tranquilizó, como si una repentina laxitud fuera la manera indicada de demostrar que me había reconocido y que me aguardaba.
– Quiero que vea al esposo de una amiga -fue lo primero que dijo no bien hube tomado asiento frente a ella, de cara a un enorme espejo de pared desde el cual podía dominar la casi totalidad del restaurante.
Recordé, por quién sabe qué retorcida analogía, el rostro de su joven marido, fallecido hacía poco tiempo.
– Pierre -repitió recalcando cada palabra-, es urgente que vea, profesionalmente, al esposo de mi amiga.
Creo que pedí una copa de menta antes de preguntar de qué enfermedad adolecía el señor…
– Vallejo -dijo madame Reynaud, y añadió, igual de escueta-: Hipo.