
– Fue Terzeff quien se suicidó, ¿no?
– Precisamente, se colgó del puente Mirabeau, una noche de 1925… Creo que en invierno; enero o febrero; unos días espantosos.
– Dios mío, todo esto me produce risa, monsieur Rivette. Parece tan triste y ridículo, Terzeff enamorado de Irene Joliot-Curie, y yo molestándole a estas horas de la noche.
– No dormía, querido amigo, estaba leyendo, podría decirse que esperaba su llamada, ya sabe usted que a nuestra edad con unas pocas horas de sueño nos basta.
– Parece que a Raoul también. Ha cerrado el café y ahora está en una mesa haciendo un solitario.
– ¿Un solitario?
– Sí… Está sentado en medio del café, a dos mesas de la barra, y trata de sacar un solitario.
– Una escena inquietante, mi querido Pierre.
– No… No lo crea…
– …
– En el fondo del local hay otra persona, detrás de la barra, sentada sobre un taburete junto a una puerta que conduce quién sabe adonde. Es la mujer de Raoul y creo que hace las cuentas del día o lee una novela. ¡No importa! ¿De qué hablábamos?
– De usted. Pierre, y de su extraño soborno.
– Vergonzoso, querrá decir.
– No, no, no… Véalo como una prolongación de su curiosidad.
– Y acepté el dinero. Dos mil francos.
– Ha sido sin lugar a dudas un malentendido y usted se ha aprovechado de él.
– Vergonzosamente, indignamente, como un rufián…
– Puede devolver el dinero y asunto concluido.
– Pensé que no tenía nada que perder, ni siquiera entraba en juego mi ética… profesional. ¡Mi ética de alcahuete! ¡Pensé que necesitaba el dinero! Disculpe.
– …
– Ahora no sabría dónde encontrar a los españoles. Los vi esta tarde en la Clínica Arago, pero no creo que trabajen allí. ¿Por qué no lo creo? No lo sé. Simplemente estoy seguro de que no trabajan allí… ¿Ha estado usted en la Clínica Arago?
