– He aceptado uno. Me he dejado corromper.

– Quiere usted decir que ha aceptado dinero…

– Exactamente. Me han dado dos mil francos y me han emborrachado, luego hemos presenciado el espectáculo de una miserable orquesta de tango y hemos seguido bebiendo. ¡Incluso comí carne! ¡Un jugoso bistec argentino!

– Pierre…

– Y no fue contra mi voluntad. Quería saber. Me quedé por eso: por curiosidad. En realidad, estimado monsieur Rivette, me han pagado para que no haga algo que ya de antemano no podía ni iba a hacer. Pero, atención, ellos no lo sabían. Lo que sí sabían, y al parecer horas antes de que yo mismo fuera informado, era que me iban a pedir que me encargara del enfermo en cuestión. Horas antes, ¿comprende?

– …

– Horas antes, cuando yo no sabía ni siquiera que existía mi ex paciente, ellos fueron a verme para impedir que me ocupara del caso. Digo ex paciente aunque en realidad debería decir no-paciente. ¡Nunca lo he visto! Y sin embargo ellos sabían y tomaron las medidas oportunas. Siento que me han tendido una emboscada; se han emboscado en un recodo del camino; pero yo jamás he pasado por ese camino, jamás pasaré por allí. ¿Cómo se puede explicar?

– Siempre hay explicaciones, Pierre, y cuando no las hay es que no puede haberlas, recuerde a Terzeff, aquel pobre muchacho que pretendió refutar a madame Curie.

– Terzeff… ¿No era el amigo de Pleumeur-Bodou?

– Precisamente. Terzeff era el científico, aunque Pleumeur-Bodou no le iba a la zaga. Un muchacho que a primera vista parecía muy brillante. Por supuesto, todas sus teorías eran indemostrables.

– Debe ser el alcohol, no puedo acordarme de nada, hacía mucho que no bebía tanto.

– ¿Recuerda que hubo de por medio una historia sentimental? Terzeff estaba enamorado de Irene, la hija de madame Curie, siempre he pensado que ése fue el motivo para que intentara refutar a la madre.



24 из 107