– Cómo no. Tenían lo justo para pagarte una prima equivalente a tres salarios mensuales. Oye, no me vengas con cuentos. Instruiré esta causa y cumpliré con tu encargo, pero no hace falta que me tires flores ni que me jures tu amistad. Para mí, con tenerte de jefe me sobra y me basta.

– Hay que ver qué mala baba tienes, Konstantín -se lamentó el jefe de la unidad de instrucción.

– Mala o buena, es toda la que tengo, en el almacén no queda otra, tómala o déjala, es oferta limitada -repuso Olshanski desabrido, y abandonó el despacho de su superior, con el delgado expediente penal bajo el brazo.

3

Leonid Líkov, de veintiocho años de edad, con una mitad de la cabeza calva y la otra cubierta de rizos muy, pero que muy rizados, con una tripita «cervecera» compacta y ojillos rápidos y brillantes, se revolvía en la silla frente a la mesa de Olshanski como un pez fuera del agua. Le habían detenido hacía unas horas, cuando una vez más utilizó el teléfono para tratar de convencer a Olga Krásnikova de que le regalara diez mil dólares a cambio de mantener en secreto la información que ya no tenía ningún valor. Y ahora Konstantín Mijáilovich le estaba sacando con pinzas la respuesta a la pregunta: ¿de quién había obtenido dicha información el propio Líkov?

– Me la proporcionó Galaktiónov Alexandr Vladímirovich -respondió Líkov bajando los ojos.

– ¿Para qué se la proporcionó? ¿Con qué fin? ¿Iban a compartir el dinero que pensaba cobrar a los Krásnikov?

– Nooo -protestó Líkov indignado-, Galaktiónov no se mezcla en esas cosas. Yo tenía deudas, y él me aconsejó sobre el modo de conseguir el dinero. Lo hizo desinteresadamente.

– ¿Y cómo se enteró él de la adopción?

– ¡Y yo qué sé! -contestó Líkov encogiéndose expresivamente de hombros.



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