Olga se dejó caer sobre la silla pesadamente y se echó a llorar.

– Pero… no sé, yo… Es que tiene esa edad… Tú mismo lo sabes, es una época difícil para él, le está cambiando el carácter. Aquella historia con los tejanos… ¿Cómo le sentará que se lo contemos precisamente ahora? Pasha, me da miedo. Quizá no haga falta decirle nada.

– Sí que hace falta -respondió Pável tajante-. Y voy a hacerlo ahora mismo.

Salió de la cocina con resolución y dejó sola a la mujer, que continuaba llorando.

Dima, su hijo de quince años, estaba en su cuarto haciendo los deberes. Alto, desgarbado, con el cuello largo y delgado, de niño, y zapatos del 44, parecía un avestruz. Desde siempre había sido un chico tranquilo y hogareño pero hete aquí la sorpresa, aquella historia tonta y que escapaba a cualquier explicación: los tejanos que había intentado robar en una tienda. Le pillaron al instante, las dependientas le agarraron del brazo y avisaron a la policía enseguida; en la comisaría levantaron el atestado y metieron al chaval en el calabozo. Olga y Pável actuaron de inmediato, pidieron prestado y contrataron a un abogado, quien sin pérdida de tiempo se encargó de buscar un modo de evitarle al niño, si no ser procesado por una causa penal, al menos el calabozo. Los padres se devanaron los sesos intentando comprender qué mosca le habría picado a su hijo, normalmente tranquilo, hogareño y obediente. El propio Dima se mostró incapaz de proporcionarles una explicación mínimamente coherente. Desde entonces habían pasado ya cuatro meses, y Dima Krásnikov se había vuelto más tranquilo todavía, más obediente, e incluso empezó a sacar mejores notas en el colegio. Se diría que ni él mismo comprendía cómo se le había ocurrido aquella locura…



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