
Pável entró en el cuarto del hijo con paso decidido y se sentó en el diván.
– Tenemos que hablar de un asunto serio, Dmitri.
El chico levantó la vista de la libreta y miró al padre con temor.
– No creo que lo sepas, hijo, pero tu mamá y yo tenemos un problema -dijo Krásnikov.
– ¿Es… por aquellos téjanos? -preguntó Dima con timidez.
– No, hijo mío. Un hombre lleva dos semanas llamándonos para exigirnos dinero. Mucho dinero, diez mil dólares.
– ¿Por qué? -susurró Dima atónito-. ¿Acaso habéis cometido un crimen?
– Debería darte vergüenza, Dmitri -respondió Pável con gravedad-. No se te ocurra ni pensarlo. Se trata de otra cosa. ¿Recuerdas que tu abuelo Mijaíl, el padre de mamá, tenía un hermano, Borís Fiódorovich, que era mucho mayor que el abuelo y murió cuando tú no habías nacido aún?
– Sí, me lo habéis contado alguna vez. También he visto sus fotos en el álbum.
– ¿Sabes, además, que el tío Borís, o mejor dicho, el abuelo Borís, tenía una hija, Vera?
– Sí, mamá me ha hablado de ella, me ha contado que también murió hace mucho tiempo.
– Bien, pues lo que ocurrió es que murió dando a luz a un niño. Le pusieron Dima.
– ¿Igual que a mí? -dijo el muchacho sorprendido.
– No igual que a ti. Precisamente a ti.
Dima arrugó la frente y clavó la vista en el libro de física que tenía abierto.
– No lo entiendo -articuló al final con un hilo de voz, sin mirar al padre.
– Tu madre murió, hijo mío -le explicó Pável con suavidad-. Te adoptamos. Ha llegado el momento de contártelo.
Dima volvió a sumirse en un prolongado silencio esforzándose por asimilar lo que acababa de oír y eludiendo la mirada de Pável. El silencio empezaba a llenarse de angustia, pero a Krasnikov padre no se le ocurría nada para romperlo sin causarle al niño un dolor aún más grande.
