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Al entrar en el despacho del jefe de la unidad de instrucción de la Fiscalía de Moscú, Konstantín Mijáilovich Olshanski no se sentía ni cohibido ni intimidado. Primero, conocía a su superior desde hacía muchos años y le conocía bbien; segundo, sabía igual de bien que su propio talante hosco, en ocasiones rayano en simple grosería, le servía de coraza para protegerse de los caprichos de los superiores. Olshanski no era nada popular en la Fiscalía. A los demás, sus raptos de ira les daban miedo, pero todos reconocían en justa medida su profesionalidad y una intachable preparación jurídica.
La naturaleza había sido generosa con Konstantín Mijáilovich al dotarle de gran atractivo viril y, sin embargo, el hombre se las apañaba para parecer patoso y desaliñado; se presentaba en todas partes ataviado con su invariable traje arrugado, zapatos sin lustrar y gafas de montura anticuada, mil veces rota y apresuradamente pegada con cola. Lo más asombroso era que Nina, la mujer de Olshanski, prestaba muchísima atención a la indumentaria del marido, quien cada mañana abandonaba la casa con un aspecto más que decente, aunque, ya a mitad de camino hacia la Fiscalía, todos los esfuerzos de la esposa se venían por tierra. Ni ella, ni el propio Konstantín Mijáilovich, ni sus mejores amigos lograban explicarse las causas de ese misterioso fenómeno, mientras que sus dos hijas, lectoras ávidas de obras de ciencia ficción, sostenían que su papá poseía un «campo biológico peculiar».
De modo que también en ese momento, cuando se encontraba en el despacho del jefe de la unidad de instrucción ofreciendo, como de costumbre, una imagen zarrapastrosa y desdichada, su aspecto podría haber confundido a cualquiera, menos a los que alguna vez habían tenido la ocasión de tratar con el juez de instrucción Olshanski.
