
– Pues, a partir de ahora, que nos llame quien quiera -dijo con coraje-. Ahora no tenemos nada que temer, ¿verdad?
Pero su alegría fue prematura porque cuando, dos días más tarde el chantajista les llamó de nuevo, simplemente no dio crédito a lo que Olga le explicó.
– Venga ya, ¿me está tomando el pelo? -le dijo echándose a reír con descaro-. Va lista si piensa que me lo voy a tragar. Que se ponga su hijo y me diga que está enterado, sólo entonces me lo creeré.
– Pero es que ahora no está -murmuró Olga, desconcertada ante el inesperado giro que tomaba la conversación.
Además, era cierto, en ese momento Dima no estaba en casa.
– Claro, claro, qué otra cosa me va a decir -refunfuñó el chantajista-. Escúcheme bien, mamaíta querida. Preparen el dinero, el plazo de las negociaciones ha terminado. Pasado mañana volveré a llamar a la misma hora. Que para entonces todo esté organizado de la mejor manera. ¿Lo pilla?
Pável, que había estado observando en silencio a su mujer mientras hablaba con el chantajista, explotó de pronto:
– ¡Ya basta! ¡Esto se ha terminado! A los sinvergüenzas hay que darles su merecido. Ahora mismo voy a la policía y presento la denuncia. ¡Hasta aquí hemos llegado!
– Pasha, cálmate, haz el favor -dijo su mujer tratando de hacerle entrar en razón-. Que llame todo lo que le dé la gana, no le tenemos miedo. Nos llamará un par de veces más y se cansará.
– ¿Que se cansará? ¿Y si se le ocurre llevar a la práctica sus amenazas? Si no cree que se lo hemos contado todo a Dima, cualquier día puede abordarle por la calle para abrirle los ojos e informarle sobre los detalles de su nacimiento. ¿Estás segura de que Dima se lo va a tomar con calma? ¿Que no le romperá la cara? ¿O que el susto no le producirá un shock nervioso? No quiero que ese degenerado le salga a mi hijo al encuentro en algún callejón oscuro.
En dos zancadas se encontró en el recibidor, poniéndose el abrigo. Olga corrió tras él pero se detuvo al comprender que su marido tenía razón. Tenía toda la razón del mundo.
