Ella le dirigió una mueca traviesa mientras el pianista tocaba el solo. Su pelo negro brillaba a la opaca luz de los candelabros suspendidos del techo abovedado, y sus ojos de un azul profundo lo miraron con coquetería a través de sus hermosas y tupidas pestañas.

En otro tiempo él hubiera dado toda su fortuna solo por pasar una noche con ella. Era inteligente y sensual, y sabía exactamente cómo complacer a un hombre. Él nunca le había preguntado cómo sabía ya tantas cosas sobre el placer del amor cuando se conocieron. Solo daba gracias de que hubiera sido su amante, devolviéndole el placer que él pensaba que había perdido en algún momento de su madurez.

Kat, un gatito al que le gustaba que le hicieran carantoñas, se metamorfoseaba en la cama en una gata salvaje, y durante unos cuantos años su desbordante energía sexual le había bastado para satisfacerse. Le había sido fiel desde el día en que se casó con ella y tenía la intención de pasar todas las noches de los próximos años con ella. Pero el deseo sexual no había durado mucho, como siempre pasa, y ahora ya no era capaz de recordar cuándo fue la última vez que habían hecho el amor. Un fuego cálido crepitó en la parte de atrás de su cuello al pensar en su impotencia. Incluso ahora, que sus muslos se apretaban contra él con intimidad y su lengua acariciaba una zona sensible detrás de su oreja, era incapaz de sentir algo, no se encendía en su sangre un fuego salvaje, ni notaba una agradable dureza entre sus piernas. Ni siquiera sus estimulantes caricias eran capaces de conseguir que tuviera una erección. Era todo un milagro que hubieran sido capaces de concebir un hijo.



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