Seguramente no había sido nada. De repente su piel empezó a temblar bajo el chorro de agua helada; su tersa piel húmeda se fue llenando de diminutas marcas de carne de gallina producidas por el miedo.

«Todo está en tu mente», se dijo, pero de todos modos cerró el grifo y se quedó rígida, tiritando empapada, mientras sus oídos intentaban captar algún sonido fuera de lo normal.

No se oía nada. Solo el monótono goteo del agua cayendo desde el grifo de la ducha, el leve zumbido de la calefacción, retazos de música navideña que llegaba desde unos altavoces lejanos y, desde mucho más lejos, el apagado y tranquilo ruido del tráfico de la ciudad. Pero nada más. Ni ruido de zapatos deslizándose por la alfombra del dormitorio. Ni el traqueteo de los carritos del servicio de habitaciones. Ni ningún ruido de llaves introduciéndose en las cerraduras… nada estaba fuera de lugar.

Abrió lentamente la puerta de vidrio del baño y alcanzó su albornoz.

«Mamá…»

Una vocecita. Una voz de niña. A Kat le dio un vuelco el corazón y se quedó helada ¡No! No podía ser. No podía creerlo. No hal oído ninguna voz infantil. Su mente le estaba jugando de nuevo una mala pasada… eso era todo. La combinación de drogas y alcohol hacían que… «¿Mamá?» ¡Oh, Cielos!

A Kat le fallaron las rodillas. Salió de la ducha de un salto y, en cuanto sus pies rozaron el brillante mármol del suelo, las notas de No che de paz llenaron la habitación. -¿Hijita? -murmuró.

Con los pies descalzos, dejando un reguero de agua tras ella, se lanzó hacia la puerta sin apenas haber acabado de meter sus delgados brazos en las mangas del albornoz. «¡Contrólate! Estás alucinando de nuevo y lo sabes. Aquí no hay ninguna niña. Tu hija no está en ninguna de estas habitaciones. ¡Cálmate de una vez!» Agarrándose al marco de la puerta, echó un vistazo al dormitorio. La enorme cama estaba deshecha, con un hundimiento visible en el edredón, allí donde había estado durmiendo hasta hacía poco. Un vaso casi vacío reposaba sobre la mesita de noche al lado de dos frascos de píldoras completamente vacíos.



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