
Las puertas del armario estaban entreabiertas mostrándole sus trajes perfectamente alineados, colgados de las perchas con el emblema del hotel. «¿Mamá?»
El sonido era claro y nítido. Le llegaba a través de las puertas de la terraza. «Oh, cariño», gritó Kat con voz temblorosa a la vez que se dirigía deprisa -demasiado deprisa- hacia la sala de estar y tropezaba, cayendo sobre la mesilla de noche y golpeándose el brazo y la mejilla. La lámpara pie se estrelló sobre la alfombra y la bombilla se hizo añicos.
«No lo creas, Kat. No creas que está viva. No te atrevas a creer a tu loco corazón.»
Pero no fue capaz de evitar que una diminuta astilla de esperanza hiciera nido en su corazón, mientras se ponía de nuevo en pie. La habitación daba vueltas. Con una mano iba apartando las sillas contra la pared, mientras avanzaba, tambaleante, por la sala de estar. Parpadeó varias veces deprisa. Intentó en vano enfocar la visión. Pero no vio nada extraño. Nada estaba fuera de lugar. Encima de la mesa de cristal había un cesto con flores y frutas. Y dos sillas de anticuario y un pequeño confidente que rodeaban la vetusta chimenea en la que ardía un fuego silencioso.
No había ningún hombre del saco escondido entre las sombras.
Su hija no la estaba esperando allí. Por supuesto que no. Una vez más, todo había sido causado por su imaginación y sus paranoias. Estaba desmoronándose otra vez. Se estaba hundiendo. Se vio a sí misma reflejada en el espejo y se sintió avergonzada de aquella nebulosa imagen. Despeinada, con el pelo mojado, con el cuerpo demacrado embutido en un albornoz demasiado grande, sin maquillaje en un rostro que antaño fue hermoso, y en el que ahora habían hecho estragos la culpa y los remordimientos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Estaba perdiendo la cabeza. Poco a poco.
