
Pasándose la mano por la nariz, se reprendió por ser tan tonta. Ella, una mujer que siempre había sabido lo que quería y había ido a por ello. Ella, que había utilizado su cerebro y su belleza para conseguir al hombre amas rico de Portland. Ella, que hasta hacía bien poco tenía todo lo que una mujer puede desear. Y ahora se veía reducida a fragmentos de violentos recuerdos, a noches de insomnio y a largas horas tratando de apagar el dolor con medicamentos y alcohol.
Sintió frío y se ajustó el albornoz alrededor de su delgado cuerpo… El suave aliento del viento le rozó la nuca. Miró hacia atrás por encima del hombro. Vio que las cortinas del balcón se movían. Pero justo antes de meterse en la ducha había cerrado las puertas de la terraza… ¿no era así? Había estado bebiendo en la terraza, de pie, mirando la ciudad extenderse a lo lejos, pensando en el suicidio, pero finalmente había descartado poner fin a su vida de una manera dramática, cobarde y contraproducente.
¿Por qué estaban ahora abiertas las puertas de la terraza?
¿No había vuelto a entrar en la habitación y las había cerrado, echando además el cerrojo? Sí… eso había hecho. Y después de haber echado el cerrojo, se había tomado un último trago y había dejado el vaso sobre la mesilla de noche, antes de desnudarse y dirigirse tambaleándose hacia la ducha. Fue eso lo que había hecho, ¿no era así?
¿O acaso estaba mezclando los recuerdos?
¿Por qué no podía recordar nada con exactitud?
¿Por qué todo le parecía tan confuso?
Tal vez había imaginado que echaba el cerrojo de las puertas de la terraza.
Posiblemente había oído a alguien merodeando por las habitaciones mientras estaba bajo el chorro de la ducha.
