
– ¡No! Dios mío. ¡No! -gritó Kat, viendo una mano que se agarraba a ella.
Unos dedos enguantados aferraban un trozo de ladrillo. Kat se agachó. ¡Bam!
Sintió un estallido de dolor detrás de los ojos. Luego se hundió en las tinieblas. Intentó agacharse, pero unas manos la levantaron, la empujaron hacia delante, con la barandilla hiriéndole la cintura y deshaciéndose bajo su peso.
Y de repente empezó a caer, cruzando sin esfuerzo el frío aire de la noche…
PRIMERA PARTE 1993
1
Si pudiera recordar.
Si pudiera saber la verdad.
Si pudiera estar segura de que no se trataba de una misión de locos. Levantó la vista hacia el oscuro cielo de octubre y sintió la leve llovizna de Oregón mojándole la cara. ¿Habría inclinado alguna vez la cabeza hacia atrás dejando que aquella misma humedad resbalase por sus labios y sus mejillas? ¿Se habría parado ya antes en esa misma esquina, justo enfrente del viejo hotel Danvers, agarrada a la mano de su madre, esperando a que el semáforo se pusiera en verde?
El tráfico avanzaba deprisa; los coches y los autobuses salpicaban agua cada vez que sus neumáticos saltaban por encima de los charcos. Bien embozada en su abrigo, ella tiritaba, aunque no a causa del aire frío del otoño o de la brisa que soplaba desde el húmedo y oscuro río Willamette, que estaba solo a unos pocos bloques al este. No, tiritaba al pensar en lo que estaba a punto de hacer: enfrentarse a su destino -o así se lo contaba a sí misma. Sabía que estaba a punto de librar la batalla de su vida.
Pero estaba decidida a hacerlo. Ahora no podía echarse atrás. Había viajado cientos de kilómetros, había sufrido un infierno de emociones, había pasado días enteros buscando en su memoria y había dedicado laboriosas horas a rebuscar en bibliotecas y hemerotecas de toda la zona noroeste, leyendo meticulosamente cada una de las crónicas, los artículos y las noticias que había podido encontrar sobre la familia Danvers.
