
Ahora sus planes estaban a punto de hacerse realidad. O de echarse a perder. Miró hacia el hotel: siete pisos de arquitectura victoriana que en otro tiempo fue uno de los edificios más altos de la ciudad, y que ahora había quedado empequeñecido por sus homólogos de acero y hormigón, esos grandes rascacielos que cortaban el aire elevándose desde las estrechas calles de la ciudad.
«Que Dios me ayude», se dijo en un susurro. Por hermoso que fuera, el edificio del hotel Danvers le pareció de alguna manera siniestro, como si albergara secretos -oscuros secretos- que podrían cambiar el curso de su vida para siempre. Lo cual era completamente absurdo. Sin embargo, Adria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento que soplaba por las estrechas calles de Portland.
Sin esperar a que el semáforo se pusiera en verde, cruzó la calle a la carrera, con los faldones del abrigo ondeando contra las fuertes ráfagas de viento. La luz del día empezaba a apagarse, mientras el sol amortajado de nubes se iba poniendo por detrás de las colinas del oeste, unas colmas que todavía conservaban bosques verdes y estaban salpicadas de lujosas mansiones.
Aunque el hotel Danvers estaba cerrado al público -como lo había estado durante los últimos cuatro meses, mientras se llevaban a cabo las obras de remodelación que pretendían devolverle su antigua grandeza decimonónica-, entró en el vestíbulo pasando por una puerta que habían dejado abierta para los trabajadores.
Las obras casi habían terminado. Durante los últimos dos días, Adria había estado observando los camiones de reparto que introducían mesas, sillas y otros muebles por la entrada de servicio. Hoy había llegado la mantelería y la vajilla, así como parte de la comida que anticipaba la gran inauguración prevista para el fin de semana.
