– Muy bien, muy bien, me aparto.

– No hacía falta que hicieras eso -le amonestó el hombre más bajo casi con pena-, sólo estaba haciendo su trabajo.

– Un joven incomprendido -añadió Myron-. Ahora me siento fatal.

– Limítate a no acercarte a Chaz Landreaux, ¿de acuerdo?

– No, no estoy de acuerdo. Dile a Roy O'Connor que no estoy de acuerdo.

– Oye, que a mí no me pagan para dar una respuesta. Yo sólo doy el mensaje.

Y sin decir nada más, el hombre del sombrero de ala curva ayudó a su compañero a ponerse en pie. El hombretón fue andando a trompicones hasta su coche con una mano en la nariz y la otra en la garganta. Tenía la nariz destrozada, pero la tráquea iba a dolerle muchísimo más, sobre todo al tragar.

Se metieron en el coche y se fueron de inmediato. Ni siquiera le cambiaron la rueda a Myron.

Capítulo 2

Myron marcó el número de Chaz Landreaux desde el teléfono del coche.

Como no era un experto en automoción, Myron tardó media hora en cambiar el neumático y durante los primeros kilómetros condujo despacio por miedo a que su gran pericia en el cambio de ruedas hiciera que el neumático se saliera de la llanta y se fuera rodando. En cuanto se sintió más seguro, aceleró para acudir a tiempo a su cita con Christian.

Chaz contestó a su llamada y Myron le explicó brevemente lo que le había ocurrido.

– Ya han estado aquí -le dijo Chaz.

Había mucho ruido de fondo. El llanto de un bebé, algo que se rompía al caer al suelo, risas de niños. Chaz pegó un grito para que se callaran.

– ¿Cuándo? -le preguntó Myron.

– Hace una hora. Eran tres hombres.

– ¿Te han hecho daño?

– No, sólo me han inmovilizado y amenazado. Me han dicho que me iban a romper las piernas si no cumplía con mi contrato.

«Romperle las piernas -se dijo Myron-, qué originales.»



11 из 309