– Un pinchazo -contestó Myron-, hay una rueda de recambio en el maletero. Cámbiamela.

– No, Bolitar. Esto no ha sido más que una ligera advertencia.

– ¿Ah, sí?

El armario empotrado agarró a Myron por las solapas de la chaqueta y le espetó:

– Mantente alejado de Chaz Landreaux. Ya ha firmado.

– Vale, pero primero cámbiame la rueda.

El tipo acentuó la media sonrisa. Era una media sonrisa estúpida y cruel.

– La próxima vez no seré tan amable -dijo.

Luego lo agarró un poco más fuerte arrugándole el traje y la corbata y añadió:

– ¿Lo entiendes?

– Supongo que ya sabrás que los esteroides hacen que se te encojan las pelotas.

La cara del hombre enrojeció.

– ¿Ah, sí? Pues a lo mejor te parto la cara, ¿de acuerdo? A lo mejor te la dejo hecha un poema.

– ¿Un poema?

– Sí.

– Bonita imagen, la verdad.

– Que te den por culo.

Myron soltó un suspiro y, acto seguido, pareció como si todo su cuerpo se pusiera en movimiento a la vez. Empezó con un cabezazo que fue a parar directamente contra la nariz de aquel hombretón. Se oyó una especie de crujido, como si alguien acabara de pisar un escarabajo, y la nariz del hombre comenzó a sangrar.

– Hijo de…

Myron cogió al tipo por el cogote y le endiñó un codazo en la nuez que estuvo a punto de aplastarle la tráquea. El hombre hizo un ruido gorgoteante de asfixia y dolor y luego calló. Myron lo acompañó con un golpe con la parte estrecha de la mano contra el cogote, justo por debajo del cráneo, que hizo que el hombretón se desplomara al suelo como un saco de arena.

– ¡De acuerdo, ya basta!

El tipo del sombrero de ala curva dio un paso hacia delante apuntando una pistola contra el pecho de Myron.

– Apártate de él. ¡Vamos!

Myron le echó una mirada rápida y dijo:

– ¿Ese sombrero es de verdad?

– ¡He dicho que te apartes!



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