
Tampoco es que fuera una argucia innovadora. Había muchísimos agentes que hacían lo mismo. Norby Walters y Lloyd Bloom, dos de los representantes más importantes del país, habían sido arrestados por ello. Las amenazas tampoco eran infrecuentes, pero la cosa no solía pasar de ahí y todo se quedaba en palabras y nada más. Ningún agente quería arriesgarse a que el asunto llegara a salir a la luz. Si el chico se mantenía en sus trece, el representante se echaba atrás para evitarse problemas.
Sin embargo, Roy O'Connor no actuaba así. Roy O'Connor empleaba la fuerza. Myron estaba alucinado.
– Quiero que te marches de la ciudad durante una temporada -prosiguió Myron-. ¿Tienes algún sitio donde esconderte?
– Sí, me iré a casa de un amigo en Washington. ¿Pero qué vamos a hacer?
– Yo me ocuparé de eso. Tú preocúpate de que no sepan dónde estás.
– De acuerdo, lo que tú digas -y añadió-: Ah, Myron, otra cosa.
– ¿Qué?
– Uno de los tipejos que me han amenazado me ha dicho que te conocía. Era un pedazo de monstruo, colega. O sea, un tío enorme. Un hijoputa muy trajeado.
– ¿Te ha dicho cómo se llamaba?
– Aaron. Me dijo que te saludara de su parte.
Myron se sobresaltó. Aaron. Un nombre que pertenecía al pasado. Y tampoco era un nombre muy bonito. Roy O'Connor no sólo tenía secuaces, sino que, además, éstos eran de los buenos.
Tres horas después de salir de su despacho, Myron ahuyentó de su cabeza el incidente en el garaje y llamó a la puerta de Christian. A pesar de haberse graduado hacía dos meses, Christian seguía viviendo en la misma residencia del campus en la que había estado viviendo durante el último curso trabajando como orientador en el campamento de verano de fútbol de la Universidad de Reston. No obstante, el minicamp de los Titans comenzaba dentro de dos días y Christian iba a estar presente en esas sesiones de pretemporada porque Myron no tenía intención de que Christian se quedara aquel año fuera de la liga.
