Christian abrió la puerta de inmediato y, antes de que Myron hubiera empezado a disculparse por haber llegado tarde, Christian le agradeció:

– Gracias por venir tan rápido.

– Ah, sí, no ha sido nada -le respondió Myron.

El rostro de Christian carecía de su habitual buen color. Ya no tenía las mejillas rosadas allí donde se le hacían unos hoyuelos al sonreír. Ni aquella cándida sonrisa de oreja a oreja que hacía derretir a las alumnas de la universidad. Incluso la célebre firmeza de sus manos se había convertido en un ligero temblor.

– Pase -le dijo.

– Gracias.

La habitación de Christian se parecía más al decorado de una teleserie de los cincuenta que a una habitación de residencia universitaria de hoy en día. Para empezar, estaba ordenada. La cama estaba hecha y con los zapatos colocados juntos a los pies de la misma. No había calcetines por el suelo ni ropa interior, ni tampoco suspensorios. En las paredes había banderines colgados. Pero banderines de verdad. Myron no daba crédito a sus ojos. No había pósteres ni calendarios de Claudia Schiffer ni de Cindy Crawford ni de las gemelas Barbi. Sólo banderines anticuados.

Al principio, Christian no dijo nada. Los dos se quedaron de pie, incómodos, como dos desconocidos sentados uno al lado del otro en una fiesta sin bebidas en las manos. Christian mantenía la mirada clavada al suelo como un niño al que le acabaran de regañar. No había hecho ningún comentario acerca de las manchas de sangre del traje de Myron. Probablemente ni siquiera se había fijado.

Myron decidió probar suerte con una de sus frases tan elocuentes y especialmente pensadas para romper el hielo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

Christian comenzó a caminar por el cuarto, lo cual no era nada fácil en aquella habitación tan pequeña como una caja. Myron se percató de que Christian tenía los ojos enrojecidos. Había estado llorando, tal y como delataba el rastro de las lágrimas en sus mejillas.



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