Myron se quedó mirándolo un momento y luego dijo:

– Tienes una semilla de amapola entre los dientes.

– Maldito listillo -gruñó Larry.

– Y te pones muy guapo cuando te enfadas. Se te ilumina la cara -añadió Myron.

Larry Hanson enarcó las cejas. Le echó una mirada a su jefe y luego volvió a centrarse en Myron.

– Esto es demasiado para ti, Bolitar. Y tú lo sabes muy bien.

Myron no respondió. La verdad era que, en parte, Larry Hanson tenía razón. Aquello era demasiado para Myron. Sólo llevaba dos años trabajando como representante de deportistas. La mayoría de sus clientes eran casos límite, gente que podía considerarse afortunada si llegaba a jugar algún partido y que ganaba lo mínimo establecido por la liga. Además, el fútbol americano no era ni mucho menos su especialidad. Sólo tenía tres jugadores de la NFL, de los cuales solamente uno de ellos era un principiante. Y ahí estaba Myron, sentado delante de Otto Burke, el niño prodigio que, a sus treinta y un años, era el propietario del equipo más joven de toda la NFL; y de Larry Hanson, toda una ex leyenda del fútbol americano convertido en ejecutivo, negociando un contrato con ellos que, pese a la poca experiencia que tenía en aquel campo, iba a ser el fichaje más importante de un novato de toda la historia de la NFL.

Sí, él, Myron Bolitar, había conseguido a Christian Steele, «la figura más cotizada del momento», un quarterback dos veces ganador del trofeo Heisman. Tres veces seguidas primer puesto en el ranking oficial de las agencias AP y UPI. Cuatro años seguidos en el All-American. Y, por si fuera poco, aquel chico era el sueño de toda empresa patrocinadora: buen estudiante, atractivo, elocuente, educado… ¡y blanco! (eh, que eso contaba).

Pero, no obstante, lo mejor de todo es que era de Myron.

– La oferta está sobre la mesa, caballeros -prosiguió Myron-. Y creemos que es bastante justa.



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