Otto Burke negó con la cabeza.

– ¡Es una puta mierda! -gritó Larry Hanson-. Eres un puto imbécil, Bolitar. Y vas a echar a perder la carrera de ese chico.

Myron estiró los brazos y dijo:

– ¿Y si nos damos un abrazo los tres?

Larry estuvo a punto de soltar otro improperio, pero Otto lo detuvo haciéndole un gesto con la mano. Cuando Larry aún jugaba, Dick Butkus y Ray Nitzchke eran incapaces de pararlo a empujones. Y ahora aquel licenciado de Harvard de apenas setenta kilos de peso lo hacía callar con un mero gesto de la mano.

Otto Burke se inclinó hacia delante. Todavía seguía sonriendo, gesticulando y manteniendo el contacto visual con su interlocutor, como si hubiera salido directamente de un publirreportaje de los libros de autoayuda «Poder sin límites» de Anthony Robbins. Resultaba absolutamente desconcertante. Otto era un tipo menudo y de apariencia frágil con los dedos más pequeños que Myron había visto nunca. Tenía el pelo negro y largo hasta los hombros, como un cantante de heavy-metal, una cara aniñada y una perilla tan ridícula que parecía dibujada con lápiz. Fumaba un cigarrillo muy largo, o tal vez sólo lo parecía debido al contraste con sus diminutos dedos.

– Mira, Myron -dijo Otto-, vamos a hablar en serio, ¿de acuerdo?

– En serio, venga.

– Perfecto, Myron, eso nos irá muy bien. La verdad es que Christian Steele es una incógnita. Ni siquiera se ha puesto un uniforme profesional. Podría ser el fraude del siglo.

– Y seguro que eso te suena de algo, Bolitar, la de jugadores que al final no hacen nada, que fracasan por completo -añadió Larry en tono burlón.

Myron se limitó a ignorarlo. Había escuchado aquel insulto muchas veces y ya no le molestaba. A palabras necias, oídos sordos.

– Estamos hablando del que tal vez sea el mejor quarterback en potencia de la historia -contestó en tono firme-. Habéis hecho tres traspasos y habéis cedido seis jugadores para conseguir sus derechos. No os habríais tomado tantas molestias si no pensarais que es bueno.



3 из 309