Y ahora se preguntaba cómo habría sido para él, cómo habría sido realmente su vida desde que el mundo se desmoronó bajo sus pies, y no todo a la vez, sino a pequeños fragmentos que iban descomponiéndose. Cuatro años. No lo había visto desde hacía cuatro años. Había metido a Myron en algún armario de lo más recóndito de su mente y había echado el cerrojo. Había pensado (¿quizás esperado?) que así se acabaría todo, que la puerta del armario podría aguantar cierta presión sin abrirse. Pero al verlo hoy, al contemplar aquel rostro amable y bien parecido, aquella espalda tan ancha, al ver aquella mirada inocente en sus ojos, la puerta había saltado por los aires como en una explosión de gas.

Jessica se había visto superada por sus sentimientos. Le habían entrado tantas ganas de volver a estar con él que había tenido que salir corriendo de allí.

«Lo cual tiene mucho sentido -pensó- cuando se es una imbécil sin remedio.»

Jessica miró un momento por la ventana. Estaba esperando a que llegara Paul. Paul Duncan, teniente de policía del condado de Bergen -o tío Paul para ella, desde niña-, a quien le quedaban dos años para retirarse del servicio. Había sido el mejor amigo de su padre y el albacea del testamento de Adam Culver. Los dos habían trabajado para las fuerzas de la ley durante más de veinticinco años, Paul como policía y Adam como médico forense del condado.

Paul debía de ultimar los detalles del funeral de su padre. Adam Culver no quería que lo enterraran. No quería ni oír hablar de ello. Sin embargo, Jessica quería hablar con Paul de otro asunto. A solas. No le gustaba nada todo lo que estaba pasando.

– Hola, cariño.

Jessica se volvió hacia la voz y dijo:

– Hola, mamá.

Su madre apareció por el sótano, llevaba el delantal puesto y jugueteaba con la gran cruz de madera que lucía siempre al cuello.

– He guardado su silla -le explicó en un tono forzadamente natural-. Aquí no hace más que estorbar.



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