
Tonta, tonta, tonta.
Y no sólo eso, sino que, además, él la había sorprendido y ella se había puesto histérica.
¿Pero por qué?
Debería haberle contado la verdad. Debería haberle dicho en tono neutro e indiferente la verdadera razón por la que estaba allí. Pero no lo había hecho. Estaba distraída y, de repente, había aparecido él, tan guapo y a la vez tan herido y…
«Jessie, por Dios, eres una imbécil…»
Hizo un gesto afirmativo para sus adentros. Pues sí. Imbécil de verdad. Y autodestructiva. Y un montón de adjetivos igualmente peyorativos que ahora mismo no se le ocurrían. Su editor y su agente no lo veían así, claro. A ellos les encantaban sus «flaquezas» (aunque así era como las llamaban ellos, ella las consideraba «imbecilidades»), e incluso la animaban a seguir con ellas. Eran lo que hacía que Jessica Culver fuera una escritora tan excepcional. Eran lo que le daba al estilo de Jessica Culver aquel «tono» tan particular (lo que, de nuevo, era la forma que tenían ellos de llamarlo).
Y tal vez fuera así. Jessie no estaba segura. Aunque una cosa estaba clara: aquellas imbecilidades flaqueantes le habían arruinado la vida.
«¡Oh, compadeceos del artista atormentado, pues el sufrimiento le hace sangrar el corazón!»
Descartó aquel tono socarrón haciendo un gesto negativo con la cabeza. Aquel día estaba especialmente introspectiva, aunque era comprensible. Había visto a Myron y eso la había llevado a plantearse muchos «¿qué habría pasado si…?», toda una avalancha de «¿qué habría pasado si…?»; de hecho, totalmente inservibles y vistos desde todos los ángulos y perspectivas posibles.
«Y si…», volvió a cavilar otra vez.
En consonancia con su típica forma de actuar, sólo había considerado «¿qué habría pasado si…?» en referencia a ella misma, excluyendo a Myron.
