
¿O acaso seguía viva?
La misma esperanza de siempre.
¿Pudiera ser que Kathy hubiera sido secuestrada? ¿Habría sido víctima de la trata de blancas y sería una esclava en poder de algún jeque de Oriente Próximo? ¿O estaría encadenada al radiador de una granja en Wisconsin como en aquellos casos tan macabros que aparecían en los programas de televisión más sensacionalistas? ¿Se habría dado un golpe en la cabeza, se habría olvidado de quién era y estaría viviendo en la calle como una pordiosera? ¿O simplemente había huido en pos de una vida mejor?
Las posibilidades eran infinitas. Incluso las menos originales pueden llegar a convertirse en miles de horrores cuando una persona querida desaparece de repente. O en miles de esperanzas, lo que resulta aún más doloroso.
Los fuertes resoplidos del motor de un coche apartaron de su mente todas aquellas ideas. Un Chevy Caprice de aspecto familiar y recubierto de diminutas abolladuras se detuvo delante de la casa. Parecía el coche del recogepelotas de un campo de golf. Jessica se levantó y se dirigió a toda prisa hacia la puerta delantera.
Paul Duncan era un hombre bajo, fornido y de pelo entrecano, aunque las canas ya empezaban a predominar. Tenía un modo de andar firme, como el de todo policía. Paul la saludo en la escalerilla de la entrada con una amplia sonrisa y un beso en la mejilla.
– ¡Hola, guapísima! ¿Cómo estás?
Jessica le dio un abrazo y le respondió:
– Estoy bien, tío Paul.
– Tienes muy buena cara.
– Gracias.
Paul hizo visera con la mano para protegerse de los rayos del sol y dijo:
