
Myron no cambió de expresión. Había conocido a Kathy Culver cinco años atrás cuando ella estaba en segundo de bachillerato y por aquel entonces ya era una belleza en ciernes. Como su hermana Jessica. Dieciocho meses antes, Kathy había desaparecido misteriosamente del campus de la Universidad de Reston y todavía hoy nadie sabía dónde estaba o qué le había ocurrido. La historia tuvo todos los ingredientes favoritos de los medios de comunicación: una estudiante guapísima, novia de la estrella de fútbol americano Christian Steele, hermana de la novelista Jessica Culver y, para postre, pistas que apuntaban a una posible agresión sexual. Los de la prensa no pudieron evitarlo. Se lanzaron a por ella como aves rapaces en torno a un buffet libre.
Sin embargo, hacía poco que una segunda tragedia había recaído sobre la familia Culver. Adam Culver, el padre de Kathy, había sido asesinado tres noches atrás en lo que la policía describió como un «atraco chapuzas». Myron ansiaba ponerse en contacto con la familia para darles el pésame y tal vez por otras razones, pero había optado por mantenerse al margen al no saber si era bienvenido y porque, de hecho, estaba bastante seguro de que no era así.
– Bueno, y ahora si…
Pero no pudo acabar la frase porque le interrumpió un toc-toc en la puerta. Ésta se entreabrió y Esperanza sacó la cabeza por el hueco.
– Una llamada para ti, Myron -dijo.
– Atiéndela tú y coge el mensaje.
– Creo que será mejor que te pongas.
Esperanza se quedó mirándolo desde la puerta y, a pesar de que sus ojos negros no daban a entender nada, Myron comprendió que debía ser importante.
– Ahora mismo voy -dijo.
Su secretaria desapareció tras la puerta.
Larry Hanson soltó un silbido de admiración y exclamó:
– Menuda ricura, Bolitar.
– Uy, gracias, Larry, eso es mucho viniendo de alguien como tú.
Myron se levantó de la silla y les dijo:
