
Y justo cuando parecía que ya estaba todo perdido, la Gran Mamá Jefa, una criatura mastodóntica, salía a toda velocidad de los vestidores y apartaba a aquellas bestias de Pocahontas. Y entonces, la Gran Mamá Jefa y la Pequeña Pocahontas derrotaban a las fuerzas del mal.
Una diversión sin límites, vamos.
– Lo cojo en mi despacho -le dijo Myron.
Al entrar, vio la placa con su nombre que tenía sobre la mesa y que le habían regalado sus padres:
MIRÓN BOLITAR
REPRESENTANTE DEPORTIVO
Hizo un gesto negativo con la cabeza. Myron Bolitar. Todavía no podía creer que alguien pudiera ponerle «Myron» a un hijo. Cuando su familia se trasladó a Nueva Jersey, le dijo a todo el instituto que se llamaba Mike, pero no hubo forma. Luego intentó apodarse Mickey, pero… no lo consiguió. La gente volvió a llamarle Myron y aquel nombre se convirtió para él en una especie de monstruo de película de terror que se resistía a morir.
Y respondiendo a la pregunta de rigor: no, nunca se lo perdonó a sus padres.
Cogió el teléfono y dijo:
– ¿Christian?
– ¿Señor Bolitar? ¿Es usted?
– Sí pero, por favor, llámame… Myron -contestó mientras se decía a sí mismo que aceptar lo inevitable era de sabios.
– Siento mucho molestarle. Sé que está muy ocupado.
– Estoy ocupado negociando tu fichaje. Tengo a Otto Burke y a Larry Hanson en la sala de al lado.
– Se lo agradezco, pero esto es muy importante -dijo-. He de hablar con usted en persona cuanto antes.
Myron cambió el auricular de mano.
– ¿Tienes algún problema, Christian? -preguntó haciendo gala de sus grandes dotes de percepción.
– Pre… preferiría no hablar de ello por teléfono. ¿Podríamos vernos en mi habitación del campus?
