– Claro, ningún problema. ¿A qué hora?

– Ahora, por favor. No… no sé qué pensar de todo esto. Quiero que lo vea usted mismo.

Myron respiró hondo y dijo:

– No hay problema. Les diré a Otto y a Larry que aplazamos la reunión. Me irá bien para las negociaciones. Estaré ahí dentro de una hora.


Sin embargo, le llevó algo más de una hora.

Myron entró en el garaje Kinney de la Calle 46, no muy lejos de su despacho en Park Avenue. Saludó a Mario, el encargado del garaje, pasó por delante del tablón de precios con una pequeña nota al final donde se leía: «97 % de impuestos no incluido», y fue hasta su coche en el primer sótano. Un Ford Taurus, el típico imán para las tías.

Estaba a punto de meter la llave en la cerradura cuando oyó un sonido sibilante. Como el de una serpiente. O, mejor, como el del aire al salir de un neumático. El sonido procedía de la rueda trasera derecha. Tras fijarse un momento, Myron se dio cuenta de que se la habían pinchado.

– Hola, Myron.

Dio media vuelta y se encontró con dos hombres con una sonrisa burlona en los labios. Uno de ellos era tan grande como un país del Tercer Mundo. Myron era bastante corpulento, ya que medía metro noventa y dos y pesaba unos noventa y cinco kilos, pero se imaginó que aquel tipo debía de pasar de los dos metros y rondar los trescientos kilos. Tenía toda la pinta de ser un levantador de pesas profesional y su cuerpo estaba hinchado como si llevara puestos varios chalecos salvavidas por debajo de la ropa. El otro tipo, en cambio, era de constitución normal y llevaba puesto un sombrero de ala curva.

El hombretón se acercó pesadamente al coche de Myron con los brazos muy rígidos y ladeando la cabeza de un lado a otro, haciendo crujir aquella parte de su anatomía que en un hombre normal podría haberse denominado cuello.

– ¿Tienes algún problema con el coche? -le preguntó con una sonrisa entre dientes.



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