
Wang se había apoyado en el marco recién pintado de la ventana, con los pies cruzados y una copa en la mano.
– Tú eres quien la convierte en un cuadro.
A la luz del atardecer que se filtraba entre las persianas de plástico, la tez de Wang parecía una porcelana de tonos mates. Tenía ojos claros y almendrados, lo "bastante alargados como para darle ese aire distinto. El pelo negro le caía por la espalda como una cascada. Vestía una camiseta blanca y una falda plisada, con un cinturón ancho de piel de cocodrilo que ceñía su cintura de "avispa emancipada" y que le realzaba los pechos.
"Avispa emancipada". Era una imagen inventada por Li Yu, el último Emperador de la dinastía Tang del sur y, además, poeta brillante que había descrito la belleza admirable de su concubina favorita en célebres poemas. Al Emperador-poeta le angustiaba la idea de que se rompiese su amante en dos si la estrechaba con demasiada pasión. Se decía que la costumbre de vendar los pies también había comenzado durante el reinado de Li Yu. «En cuestión de gustos, no hay nada escrito», pensaba Chen.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Wang-.
– «Con su fina cintura, ingrávida, baila sobre la palma de mi mano», pero el famoso verso de Du Mu no basta para rendirte justicia -dijo él, modificando la cita al recordar el trágico fin de la concubina imperial, la cual, tras la caída de la dinastía Tang, había muerto ahogada en un pozo-.
– ¿Más falsos cumplidos copiados de la dinastía Tang, mi inspector jefe poeta?
Ahora se parecía más a la elocuente mujer que Chen había conocido en las oficinas del diario Wenhui, y esa idea lo alegró. Wang había tardado mucho tiempo en superar el trauma de la huida de su marido, quien aprovechó un viaje de estudios a Japón para no volver a China cuando caducó su visado. Como era de esperar, para ella fue un golpe difícil de encajar.
