
Hacia las seis menos diez ya había terminado. Se frotó las manos, bastante satisfecho con los resultados de su trabajo. Como platos principales, había callos en un lecho de verde napa, delgadas lonchas de carpa sobre unas finas hojas de/icai y gambas peladas al vapor con salsa de tomate. También había una bandeja de anguilas con puerros y jengibre que había encargado a un restaurante. Abrió una lata Meiling de cerdo al vapor y le añadió verduras para dejar preparado un plato más. Al lado puso una bandeja pequeña con rodajas de tomate y otra con pepinos. Cuando llegaran los invitados, haría una sopa con el caldo del cerdo en conserva y pepinillos.
Estaba buscando una olla para calentar el vino Shaoxing cuando sonó el timbre.
La primera en llegar fue Wang Feng, joven reportera del Wenhui, uno de los periódicos más influyentes del país. Atractiva, joven e inteligente, poseía todas las cualidades de una periodista de éxito. En ese momento no llevaba su maletín de cuero negro, sólo traía una enorme tarta de nueces.
– ¡Felicidades, inspector jefe Chen! -dijo-. Tienes un piso muy espacioso.
– Gracias -respondió Chen y le cogió la tarta-.
La invitó a conocer el interior en una breve visita de cinco minutos. Daba la impresión de que a Wang le agradaba el piso. Miró por todas partes, abrió las puertas de los armarios, entró en el cuarto de baño y se apoyó en la punta de los pies para tocar la tubería y la alcachofa de la ducha.
– ¡Y además tienes cuarto de baño!
– Ya ves, como todos los habitantes de Shanghai siempre he soñado con tener un piso en este barrio -comentó Chen y le ofreció una copa de vino espumoso-.
– Hay una vista maravillosa desde la ventana -prosiguió ella-. Parece un cuadro.
