
Por fortuna, Baili resultó ser el lugar maravilloso que Gao había prometido. Era pequeño, pero el nivel del agua era bueno gracias a las lluvias del mes anterior. Los peces abundaban, pues el canal apenas estaba contaminado. En cuanto lanzaron los cebos, notaron que empezaban a picar, y al poco rato comenzaron a recoger los sedales. Los peces daban saltos y caían dentro del bote boqueando y retorciéndose.
– Mira éste -Liu señalaba un pez que coleaba a sus pies-. Pesa más de una libra.
– Fabuloso -dijo Gao-. Parece que nos has traído suerte.
Minutos después, Gao también quitaba el anzuelo de un robalo con la uña del pulgar.
Feliz, volvió a lanzar el hilo con un movimiento experto de la muñeca. Antes de que hubiera recogido la mitad, algo dio a su hilo un tirón formidable. La caña se arqueó y una enorme carpa saltó en el aire bajo los destellos del sol.
No tenían mucho tiempo para conversar. El tiempo corría hacia atrás mientras las escamas plateadas titilaban bajo la luz dorada del sol. Veinte minutos…, o veinte años. Habían vuelto a los viejos tiempos. Dos alumnos del instituto, sentados uno al lado del otro, conversando, bebiendo y lanzando los anzuelos como si el mundo colgara de sus hilos.
– ¿A cuánto se vende una libra de carpa? -Preguntó Liu, que ahora sostenía otra más en las manos-. ¿Una de este tamaño?
– Yo diría que por lo menos a treinta yuanes.
– Ya tengo más de cuatro libras. Suman unos cien yuanes, ¿no? -dijo Liu-. Llevamos aquí sólo una hora y lo que he pescado vale más que el salario de una semana.
– ¡Qué dices! ¿Bromeas? -exclamó Gao mientras le quitaba el anzuelo a un percasol-. ¡Un ingeniero nuclear de tu reputación!
– Es la pura verdad. Debería haberme dedicado a la pesca en la región al sur del río Yangtsé -Liu meneaba la cabeza-En Qinghai, a veces, pasamos meses sin probar pescado.
