
Liu había trabajado veinte años en una región desértica donde los campesinos locales seguían una venerable tradición que consistía en servir un pescado tallado en madera para celebrar la Fiesta de Primavera. El carácter chino para "pez" también puede significar excedente, un signo de suerte para el nuevo año. Se habría olvidado su sabor, pero no la tradición.
– No me lo puedo creer -se indignó Gao-. El gran científico que fabrica bombas nucleares gana menos que un insignificante vendedor ambulante de huevos cocidos en té. ¡Es una vergüenza!
– Así es la economía de mercado -añadió Liu-. El país cambia, y cambia en la dirección correcta. La gente vive mejor.
– Pero es una injusticia… Quiero decir, en tu caso.
– Bueno, actualmente no puedo quejarme demasiado. ¿Te puedes imaginar por qué no te escribí durante los años de la Revolución Cultural?
– No, ¿por qué?
– Me acusaron de intelectual burgués y me encarcelaron durante un año entero. Incluso, después de ser liberado, seguía siendo un personaje "políticamente turbio", de forma que no quise comprometerte.
– Siento mucho lo que me comentas -dijo Gao-, pero tendrías que haberme informado. En realidad, lo podría haber imaginado al ver que me devolvían las cartas.
– Todo eso ya pasó -respondió Liu-. Aquí estamos de nuevo, juntos, pescando y desquitándonos de los años perdidos.
– ¿Sabes? -apuntó Gao queriendo cambiar de tema-, tenemos bastante para preparar una buena sopa.
– Una sopa maravillosa. ¡Mira, tengo otro! -exclamó Liu y comenzó a tirar del hilo que traía una perca-. ¡Mide casi treinta centímetros!
– Mi señora no es una intelectual, pero sabe cocinar excelentes sopas de pescado. Con unas tajadas de tocino de Jinhua, una pizca de pimienta negra y un par de cebolletas verdes. ¡Vaya sopa más sabrosa!
– Tengo muchas ganas de conocerla.
– Para ella tú no eres un extraño. Le he enseñado muchas veces una foto tuya.
