– ¿Qué ha sucedido, Linda? -preguntó Myron.

– Nuestro hijo -respondió-. Lo han secuestrado.

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– No debería contarle nada de esto -prosiguió Linda Coldren-. Dijo que lo mataría.

– ¿Quién lo dijo?

Ella respiró profundamente varias veces, como un niño en lo alto de un trampolín. Myron esperó. Le llevó unos segundos, pero por fin dio el paso decisivo.

– Esta mañana he recibido una llamada -explicó. Sus grandes ojos no paraban de moverse-. Un hombre me ha dicho que tenía a mi hijo y que si llamaba a la policía lo mataría.

– ¿Le ha dicho algo más?

– Sólo que volvería a llamar para darnos instrucciones.

– ¿Eso es todo?

Asintió con la cabeza.

– ¿A qué hora ha llamado? -preguntó Myron.

– Serían las nueve, o las nueve y media.

Myron se acercó al televisor y contempló una de las fotografías enmarcadas.

– ¿Es un retrato reciente de su hijo?

– Sí.

– ¿Qué edad tiene?

– Dieciséis. Se llama Chad.

Myron examinó la fotografía. El risueño adolescente presentaba los mismos rasgos rollizos de su padre. Llevaba una gorra de béisbol con la visera hacia atrás, al estilo de los chavales. El palo de golf, que apoyaba con orgullo en el hombro, le confería el aspecto de un miliciano con la bayoneta calada. Tenía los ojos entrecerrados como si se hallara de cara al sol. Myron inspeccionó el rostro de Chad como si éste pudiera proporcionarle alguna pista o iluminar su discernimiento. Pero no fue así.

– ¿Cuándo se ha percatado de la ausencia de su hijo?

Linda Coldren dirigió una mirada rápida a su padre, y luego irguió la cabeza, como si se preparara para que éste le propinara un cachete.

– Chad lleva dos días fuera -respondió lentamente.

– ¿Fuera? -interrogó Myron Bolitar, en tono de gran inquisidor.

– Sí.

– Cuando dice fuera…

– Quiero decir exactamente eso -me interrumpió-. No lo he visto desde el miércoles.



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