
– No, gracias.
– ¿Papá?
Bucky negó con la cabeza. Linda Coldren se inclinó hacia el interior de la nevera.
– Muy bien -dijo Myron, haciendo lo posible por mostrarse despreocupado-. Hemos descartado una posibilidad. Probemos con otra.
Linda Coldren lo observó. Con una mano sostenía una jarra de cristal de cuatro litros sin que su antebrazo diera muestras de realizar un gran esfuerzo. Myron se debatía buscando la manera de abordar la cuestión, lo cual no resultaba nada sencillo. Finalmente, se animó a preguntar:
– ¿Es posible que su hijo esté detrás de todo esto?
– ¿Qué?
– Se trata de una pregunta inevitable -adujo Myron-, dadas las circunstancias.
Linda dejó la garrafa sobre el mostrador de madera.
– ¿Qué diablos pretende decir? ¿Cree acaso que Chad está simulando su propio secuestro?
– No he dicho eso. He dicho que quería comprobar esa posibilidad.
– Lárguese.
– Llevaba dos días fuera y nadie ha avisado a la policía -dijo Myron-. Una conclusión posible es que aquí se haya producido alguna clase de tensión. Que Chad ya se hubiese escapado antes.
– O bien -contraatacó Linda Coldren, cerrando con fuerza los puños-, podría sacar la conclusión de que confiamos en nuestro hijo. Que le otorgamos un grado de libertad acorde con su nivel de madurez y responsabilidad.
Myron dirigió una mirada a Bucky, que mantenía la cabeza gacha.
– Si tal es el caso…
– Tal es el caso.
– Pero dígame, ¿acaso los chicos responsables no dicen a sus padres adónde van, para asegurarse así de que no van a preocuparse en vano?
Linda Coldren sacó un vaso del armario con excesiva delicadeza. Lo puso sobre el mostrador y, mientras lo llenaba lentamente, dijo:
– Chad ha aprendido a ser muy independiente. Su padre y yo somos jugadores de golf profesionales, lo cual, voy a serle franca, significa que ni él ni yo pasamos mucho tiempo en casa.
